Vulnerabilidad
En la fotografía, el interior de mi casa del pueblo, donde comencé mi duelo, y donde las puertas siempre estaban abiertas.
8/30/2026


¿Cuándo somos más vulnerables los humanos?
Cuando dormimos y cuando estamos en duelo.
Hay dos momentos en los que bajamos la guardia sin haberlo decidido. Mientras dormimos, porque el cuerpo descansa y dejamos de estar atentos a lo que sucede alrededor. Cuando estamos en un duelo, porque algo dentro nuestro está herido y esa herida nos vuelve más permeables.
Son momentos en los que no decidimos ser vulnerables.
A veces elegimos mostrarnos así. Y hay algo profundamente humano en eso: decidir dónde, cuándo y con quién podemos bajar nuestras defensas. Abrir una puerta, mostrar lo que duele, permitir que alguien se acerque.
Pero algo diferente sucede cuando un tercero se aproxima aprovechando justamente ese momento en que la guardia está baja.
Entonces ya no se trata de vulnerabilidad elegida, se trata de una intromisión.
Y toda intromisión tiene algo de violencia.
No necesariamente porque exista violencia física, una palabra agresiva o una amenaza. Hay una violencia más sutil, que comienza cuando alguien se atribuye un derecho que no tiene sobre el territorio de la otra persona.
Porque hay territorios que no se ven y, sin embargo, existen.
El territorio del cuerpo dormido.
El territorio de una herida.
El territorio del duelo.
El territorio de aquello que todavía no podemos nombrar.
Son íntimos, y lo íntimo es sagrado y debe ser respetado.
Sagrado no porque sea intocable, ni porque deba permanecer cerrado para siempre. Es sagrado porque pertenece a quien lo habita. Porque solamente esa persona puede decidir quién entra, cuándo entra y hasta dónde puede llegar.
Dormir es habitar un territorio sagrado. Mientras dormimos dejamos de ejercer el control consciente sobre nosotros mismos y confiamos, aunque sea inconscientemente, en que aquello que nos rodea respetará nuestra vulnerabilidad.
El duelo es también un lugar sagrado.
Es entrar en un lugar interior donde estamos intentando acomodar una ausencia, una pérdida, una parte de nuestra vida que ya no existe como antes. Allí estamos desnudos de muchas de nuestras defensas. No porque hayamos decidido mostrarnos, sino porque el dolor nos encuentra así.
Por eso entrar en esos espacios sin haber sido invitado no es un gesto inocente.
Es atravesar una frontera.
Y quizás la violencia de ciertas intromisiones esté justamente allí: en que alguien se atribuye el derecho de entrar en un lugar que no le pertenece.
No hace falta empujar una puerta, a veces alcanza con creer que podemos abrirla.
Las personas demasiado confiadas somos, quizás, más propensas a estas invasiones. No porque queramos que sucedan, sino porque muchas veces suponemos en el otro la misma consideración que nosotros tendríamos con su intimidad.
Nuestro espacio propio, cuando no tiene límites claros, puede convertirse en terreno fértil para las intromisiones.
Y hay quienes saben reconocer esas fronteras débiles, y abusan de ello.
Aprender a poner límites también es una forma de cuidarnos, no para dejar de ser vulnerables, sino para poder elegir con cuándo, dónde y con quién queremos serlo.