Relato de camino a la escuela
Paula Placeres


Desde niña amo el campo, los animales y las actividades rurales más que otra cosa.
Cuando era chica vivía en la estancia de mis abuelos, junto a mis cuatro hermanos y mis padres.
Entre los recuerdos más lindos de mi infancia está el camino a la escuela a caballo.
Todos los años escolares transcurrieron de esta manera, era el medio de transporte que teníamos para hacer este camino.
Los días de lluvia nos llevaba mi mamá en charré o mi papá en una Fordson vieja.
En aquella época, mi mamá era ama de casa, madre de cinco niños chiquitos con poca diferencia de edad entre unos y otros, esposa, y mujer rural.
A veces se convertía en la heroína de todos nosotros cuando muy empoderada se subía al charré, tirado por un caballo que era "el Chiquito", un caballo que de chiquito no tenía nada. Lo recuerdo enorme y poderoso, así ella nos llevaba a la escuela.
El asiento del charré cubierto con cueros de oveja, los ponchos de lana y el poncho "8013" de papá que era de paño impermeable, hacían que allí dentro formáramos una especie de nido, donde viajábamos calentitos y secos en esos días fríos, de llovizna o neblina.
Mi papá, trabajador rural, en esos días trabajaba junto a mi abuelo en el tambo, ordeñaban mayormente vacas de la raza Normando.
También se realizaban otras tareas en el campo, como la agricultura y la cría de ovejas, y se vendía la lana, cuando en aquella época la lana tenía bastante valor.
Volviendo al camino a la escuela...
Son tantas las emociones y los recuerdos de aquella época, en la escuela 37, Cuchilla Villasboas, ubicada en la seccional sexta de Flores.
Allí aprendí que nuestro paisaje es suavemente ondulado, compuesto por colinas y cuchillas.
Aprendí a cuidar la tierra, los cultivos, los animales que en ella habitan. Los recreos transcurrían en el patio inmenso, lleno de árboles: ceibos que daban unas flores rojas preciosas, las tipas enormes donde nos trepábamos, y una mora grandísima, a la que íbamos en busca de sus dulcísimas moras negras.
Algo que me encantaba de la escuela era el rincón de ciencias, allí cada uno traía los tesoros que encontraba en el campo, desde pieles de serpientes, renacuajos que cuidábamos observando todo el proceso de metamorfosis, nidos de pájaros que encontrábamos en el suelo, huevos, piedras, panales de avispas o abejas, y fetos que se conservaban en formol: mulitas, víboras, y otras que luego serían nuestro motivo de investigación y estudio.
Estas experiencias sumamente enriquecedoras hacían que nosotros, los niños del campo, fuéramos grandes expertos y conocedores de la naturaleza y sus ciclos, puede que a la hora de ir al pueblo nos sintiéramos como sapos de otro pozo, pero en tema ciencias naturales éramos muy entendidos, esto gracias al estilo de vida, cien por ciento inmersos, día a día, en el medio rural.
Aprendí también que la escuela es una segunda casa y la maestra como una segunda madre, nuestra primera maestra fue Angélica y más adelante estuvo Nancy, a las dos las recuerdo siempre; ellas fueron parte muy importante de aquellos tiempos.
Admiré y admiro de ellas el entusiasmo para llevar adelante una escuela rural, que, a veces con pocos recursos, requería de las habilidades de estas expertas maestras en todas las áreas.
La hora del almuerzo era fantástica para mí, ya que siempre me gustó toda la comida, no así para alguno de mis compañeros, que a veces permanecían en la mesa hasta la hora de salir de la escuela, por no gustarles lo que habían cocinado Laura o Alicia.
Ellas eran las cocineras, a quienes tengo presentes con mucho cariño.
En el comedor había una mesa grande y bancos largos; allí todos juntos, niños, maestra y auxiliar o cocinera.
La maestra era una sola para todas las clases, desde primero hasta sexto, en épocas de preparación de estudiantes avanzados de magisterio, recibíamos a las practicantes, todas muy jovencitas y la mayoría sin experiencia en el campo, entonces nosotros les mostrábamos con cierta picardía el mundo rural.
Algunas de ellas montaron por primera vez a caballo con nosotros; en este sentido, éramos maestros para ellas.
En las escuelas rurales se aprende para la vida, en un sentido muy amplio: desde cuidarnos entre todos, gestionar y cuidar cultivos, apoyarnos como si fuéramos familia, trabajar en equipo.
Esto nos permitía que cada uno pudiera desarrollar sus talentos de forma natural.
Ir a caballo junto a mis hermanos fue la aventura más épica de mi infancia: cruzar las cañadas, correr carreras, levantarnos del piso cuando nos caíamos con el caballo y todo.
Un recuerdo que tengo bien grabado es del día que Martín, mi hermano varón más grande, fue a la escuela por primera vez.
Fue en el charré que nos llevaron aquel día.
Mis padres nos dejaron en la escuela con Angélica, la maestra, y emprendieron su viaje de regreso a la estancia.
Pues allá salió Martín, corriendo detrás de ellos con una velocidad que se nos hacía difícil alcanzarlo.
Corría Angelica, y corríamos todos tras de él.
El campo se inundó de túnicas blancas que se dispersaban a toda velocidad.
Teníamos tres yeguas para ir a la escuela: Susana, una yegua tordilla grandota, bastante activa y preciosa; la Chonga, una petisa zaina vieja y bastante fea, tropezadora y con un trote que desarmaba nuestros cuerpos.
Cada poco tiempo metía una pata en una cueva y se caía al suelo con algunos de nosotros arriba.
Teníamos también a Cucaracha, pero esta era propiedad exclusiva de mi hermano Federico, ya que se la habían regalado a él: una yegua gateada bastante alta y muy ágil; no tengo recuerdos de haber montado en ella.
Teníamos tres caballos y éramos cuatro que íbamos a la escuela en esa época.
Noelia, mi hermana más chica, aún no tenía edad; a alguno siempre nos tocaba ir en ancas.
No era lo más divertido, nos turnábamos, y el día que me tocaba ir sola era un festejo.
Para montar usábamos frenos de nylon de piola, que papá trenzaba y nos hacía cabezadas y riendas.
Las recuerdo muy suaves y cómodas para las manos.
Sobre el caballo llevábamos una jerga, un pelego y una cincha; no usábamos monturas ni estribos.
A veces llegábamos con las jergas corridas y las cinchas flojas en el medio de la panza del caballo.
Tendría miles de anécdotas para contar.
Nos hicimos grandes observadores y aprendimos a cuidarnos, y a ser compañeros.
Los días en que se crecía la cañada, nos quedábamos en lo de un vecino hasta que vinieran a "rescatarnos".
Aprendimos a bailar, a cantar, a compartir, a sentirnos familia todos los que íbamos a aquella escuela.
De la escuela rural, siempre voy a recordar las enseñanzas, los valores.
En mi pueblo por estos días hay un artista, José Gallino, que está pintando el mural más grande del Uruguay, en unos silos cilíndricos de una cooperativa rural que sirven como acopio de semillas.
La temática de este mural es la escuela rural; en él se observan dos niños montados en un mismo caballo, con túnica blanca y moña azul, y a los costados un precioso campo de trigo dorado.
Este mural, me ha hecho revivir tantas cosas, y he sentido el deseo de expresarlo escribiendo y narrando mis recuerdos de los años escolares.
Viendo ese mural he vuelto a los caminos que cuentan historias de un pasado no muy lejano, y de un presente cada vez menos común, donde los niños y las niñas de la campaña, acompañados por hermanos y otros gurises de la zona hacen sus recorridos cotidianos.
Podría ser cualquiera de nosotros, que hicimos ese camino, desde algún adulto mayor de épocas lejanas hasta niños de nuestros días que aún cuentan sus días sobre el lomo de un caballo al trote rumbo a la escuela.
Me incluyo en esos niños que a caballo marchaban de lunes a viernes haciendo este viaje.
No había un día en que no encontráramos algo que contar al llegar.
Parábamos en los cardos azules donde una especie de pájaros -no recuerdo cuáles- hacían sus nidos.
Observábamos desde los primeros días de puestos los huevos hasta que nacían sus pichones, y con el correr de los días siguientes alzaban el vuelo para comenzar sus vidas de adultos.
Pasábamos cañadas, con poca o mucha agua según la estación y las lluvias.
Recuerdo un día en que mi hermano Federico, paró a darle agua a su yegua justo donde había una pequeña corriente entre unas piedras, y cayó de cabeza en el agua.
Nuestros gritos y alboroto deben de haberse escuchado desde lejos.
Si mal no recuerdo, llevaba un poncho de lana, que al mojarse pesaba muchísimo, pero como pudimos lo ayudamos a salir.
Por suerte era llanito, pero el susto lo llevamos igual.
También recuerdo perder cosas: mitones, ponchos, bufandas y gorros en el viaje, y después tener que salir a buscarlas porque necesitábamos para el día siguiente.
En alguna ocasión nos cruzamos con tropas de ganado o alguna tropilla, que en aquellos días mayormente se trasladaban por tierra.
Sabíamos muy bien que no debíamos detenernos a hablar con desconocidos: saludábamos al pasar mientras seguíamos nuestro andar, sin despegar la vista de los extraños.
Alguna que otra vez también nos cruzamos con algunos linyeras que andaban errantes por los caminos.
La escuela funcionaba como una comunidad.
Había reuniones de padres con la maestra; los vecinos también estaban siempre muy cercanos aunque no tuvieran hijos en edad escolar.
Había una comisión formada por padres, madres y vecinos de apoyo a la escuela.
Los días de reuniones nos quedábamos hasta pasada la reunión en la escuela; era un disfrute.
Se organizaban, cada cierto tiempo, carreras de caballos y bailes para recaudar dinero para el funcionamiento de la escuela.
Estos eventos eran una gran fiesta en la zona y alrededores.
Recuerdo disfrutar tanto, desde los preparativos hasta la fiesta misma: yo adoraba las carreras y los bailes, a los que íbamos desde que tengo uso de razón.
Era un motivo de encuentro, de charlas, de risas, de compartir, y celebrar con alegría a esta preciosa comunidad en torno a la escuela.
Cada tanto se hacían carreras diferentes, para atraer público.
Recuerdo las carreras de vacas, donde cada vecino traía una o más vacas "mansas" para participar en las carreras, las que casi siempre ganaba mi padre.
Esto era porque la carrera se corría en dirección a dónde era nuestra casa, entonces nuestras vacas siempre corrían hacia la meta, cuando otras se daban la vuelta y corrían hacia atrás, y así nunca llegaban a completar el recorrido.
Otros eventos no menos importantes eran los actos protocolares en alusión a las fechas patrias.
Con mucho esmero por parte de las maestras se armaban espectáculos, lo de siempre: el Himno Nacional y la Marcha Mi Bandera encabezando los actos, y después representaciones, en forma de canciones, bailes tradicionales, obras de teatro en conmemoración de las fechas indicadas por el calendario.
Los recuerdos brotan como si fuese un manantial; recuerdo hasta los nervios por actuar " en público", que eran nuestros padres, otros familiares, los padres del resto de los niños, nuestros compañeros.
Cantos, bailes, actuaciones estelares aparecían en aquellas representaciones, recreando momentos históricos y culturales que enriquecían nuestros actos.
Un recuerdo bien puntual: cuando en una representación de la época colonial, a mi hermano Federico y su compañero Marito los pintamos de negro con un corcho quemado.
Casi morimos de la risa todos los presentes al verlos entrar al salón con las caras tiznadas, con un ramito de jazmines cada uno.
Mi madre, siempre pendiente de todo, nos preparaba los atuendos impecables para cada actuación.
Sin dudas, mil anécdotas y un corazón lleno de recuerdos que enriquecieron nuestras vidas para siempre.
El camino a la escuela a caballo: sacrificio, aventura, disfrute y mucho aprendizaje.
Cada tanto me dan ganas de pasar por allí.
La escuela sigue igual; han cambiado los tiempos, la locomoción es más accesible, y entonces la mayoría de los niños se trasladan a las escuelas en la ciudad o centros poblados, haciendo que las escuelitas rurales queden despobladas de alumnos, dejando así un poquito rezagado ese rico patrimonio que es la escuela rural en el Uruguay.
Para mí, una de las partes más lindas de mi vida está allí, y la llevo guardada en mí para, cada tanto, contarle a quien quiera escuchar los relatos del camino a la escuela.