Mi vecina, la viudita blanca
Paula Placeres
8/2/2026


Desde que llegué a este lugar, hace diez meses, hay una presencia que se repite cada día: la viudita blanca. Aparece una y otra vez; con el paso del tiempo, su presencia se ha vuelto cada vez más importante.
A pesar de ser pequeña, su plumaje blanco e inmaculado parece una luz que resplandece en el paisaje.
Merodea desde el amanecer muy cerca de mi casa. La encuentro cada vez que miro por alguna de las ventanas, siempre posada en las ramas de los pequeños árboles, en el alambrado o sobre la cuerda de tender la ropa. Está allí incluso en los días grises, como hoy.
Por lo que sé de ella, es un ave que pasa largos ratos sola. El hecho de su nombre y lo que despierta en mí es apenas una coincidencia, aunque a veces crea reconocer en ella algo de mi propia historia.
La veo sola, aunque sé que su compañía debe andar cerca, escondida entre el paisaje.
La observo. Va y viene del suelo a la misma rama una y otra vez. Tiene hábitos repetitivos, una paciencia que parece ajena a la prisa del mundo. Poco a poco dejé de verla como un ave cualquiera y empecé a verla como una vecina, alguien que simplemente siempre está ahí.
Sé que también advierte mi presencia. A veces siento que nos observamos mutuamente.
La nuestra es una relación silenciosa. Cada día conozco un poco más de ella y me gusta pensar que también ha aprendido a reconocerme como una presencia segura dentro de su territorio.
Hace un tiempo leí una expresión en latín: genius loci, el espíritu del lugar. Quizá la viudita blanca represente justamente eso. Una pequeña guardiana que, sin saberlo, le da un alma visible a este paisaje.
Con el tiempo comprendí que ambas llegamos casi al mismo tiempo. Desde entonces convivimos y, de alguna manera, nos estamos conociendo.
No sé cómo ni por qué llegó hasta aquí. Solo sé que su cercanía la volvió familiar. Hoy ocupa un lugar importante en mi mundo y en este sitio que yo proclamo como mío, ella como suyo y que, al final, termina siendo nuestro.