Mi curiosidad
Paula Placeres
7/28/2026


Es media tarde, el día está gris, y la temperatura inusualmente alta para esta época del año. No suelo estar en el pueblo a esta hora, pero hoy debía estar aquí, en este lugar y en este momento.
De pronto una imagen llama mi atención.
En una de las veredas de una calle poco transitada en un barrio alejado del centro de la cuidad, una niña de unos 8 o 9 años, delgada, de cabello castaño bastante largo y un poco despeinado, caminaba aparentemente sola, y en silencio. Yo no podía ver sus ojos, pues venía detrás de ella.
Llevaba puesto un pantalón de un color entre gris y verde como gastado, que se movía delicadamente con la suave brisa, que del mismo modo movía las hojas que habían caído de los árboles.
Ella daba pequeños pasos, y mecía sus brazos entrelazados suavemente de un lado a otro, lo hacía con mucha delicadeza. Su cuello y su cabeza inclinados hacia su pecho me hacían pensar que estaba viendo algo que llevaba entre sus brazos, pero yo no podía ver que era. Entonces apresuré mi paso un poco, para acercarme más a ella y curiosear, cuando pude pasar a su lado y mirar de reojo para quitarme la intriga, vi que sostenía con toda la ternura del mundo un pequeño gatito gris, de ojos grandes y vibrantes. Lo acurrucaba y susurraba bajito quien sabe que palabras cerca de sus orejas.
No pude evitar emocionarme con lo que estaba viendo.
Esta imagen tan simple y a la vez conmovedora, evoca mis tiempos de infancia, por un instante me vi a mí misma, allí en aquella vereda, con aquel gatito, me vi en ella.
Me recuerdo siempre rodeada de animales, despeinada y con la ropa llena de pasto.
Este episodio no ha durado más que dos o tres minutos, pero me ha bastado para guardarlo y dedicarle un breve relato, a ella y a la niña curiosa que fui.