La casa del vecino
A veces las fotografías guardan historias que todavía no hemos escrito. Aquí, la yegua que estoy curando es Ranchera, y un poco más lejos se ve la casa del vecino.
Paula Placeres
10/11/2026


Es de madrugada, exactamente las 4:12 de este domingo 11 de octubre.
Siento un ruido en la casa y voy rápidamente a la habitación de mi hijo. Todo está bien, él duerme acurrucado entre sus almohadas, como siempre lo hace.
El ruido que sentí era la gata que estornudaba en el comedor. Ella suele hacerlo durante las noches.
Tomo un poco de agua en la cocina antes de regresar a la cama.
Como cada vez que me levanto en la madrugada, muevo la cortina de la puerta que da hacia el norte. Tengo un hábito en estos tiempos de desvelos o despertares presurosos: mirar las estrellas que aparecen allí, justo al otro lado de esa puerta.
En ese espacio hay solo tres, una de ellas muy brillante y titilante.
Desde allí veo también la casa del vecino, a unos ciento cincuenta metros, más o menos. Siempre observo cómo los rayos de luz atraviesan los árboles que rodean su casa y forman una especie de haces luminosos que llegan casi hasta la mía, como si conectaran ambas viviendas.
Pienso en esto: conectando las casas.
Sí, es eso. Los vecinos están ahí, cerca. Muchas veces son las personas más cercanas que tenemos en nuestra vida cotidiana.
En este caso, él es un hombre que vive solo, muy servicial, atento y respetuoso. Sé cuándo no está en su casa porque entonces su perro viene a la mía, en busca de la compañía de mis perros.
Pienso también en la distancia. Ciento cincuenta metros es una buena distancia para tener al vecino más cercano. No nos vemos todo el tiempo, los ruidos no molestan, pero sé que está allí, en caso de que necesite algo con urgencia.
Hace un año me mudé con mi hijo pequeño a este lugar. Vivimos junto a nuestra manada de caballos y otros animales de compañía.
Una tarde de diciembre, a eso de las dos, mientras salía a tender la ropa, miré hacia donde estaban los caballos y vi que había un alboroto alrededor de una yegua que estaba en el suelo.
Mi primera impresión fue que estaba echada y que el resto de la manada simplemente la molestaba. Pero, al mirar más atentamente, pude ver que estaba enredada en el alambrado.
Corrí hasta allí.
Tenía las dos patas traseras atrapadas entre los alambres, que se le habían incrustado en la carne. Había mucha sangre y mi primera impresión fue que tenía los huesos rotos.
En medio de la desesperación, corrí a buscar una pinza para poder liberarla antes de que se moviera y se lastimara aún más.
Mi intento de cortar los alambres fue en vano. No sé si fue la tensión de los mismos, provocada por la fuerza de aquel animal tan pesado y enredado, o si fueron mis propios nervios los que no me permitieron hacerlo.
En ese momento levanté la vista y vi que por el camino que pasa frente a casa se acercaba un camión.
Venía despacio y me dio tiempo de hacer señas con los brazos y gritar a toda voz, desesperada:
—¡Ayudaaaa!
El camión aminoró la marcha, el conductor miró y siguió lentamente su camino.
Rápidamente pensé que lo único que me quedaba era ir a la casa del vecino.
Encendí la camioneta y salí a toda velocidad hacia allí. En menos de un minuto estaba frente a su casa. Golpeé las manos y enseguida él salió por la puerta del frente.
Con la voz temblorosa le expliqué lo que estaba pasando:
—Buenas tardes, Fernando. Vengo a pedirle ayuda. Tengo una yegua enredada en el alambrado y no la puedo sacar. Necesito su ayuda.
Rápidamente fue a buscar una tenaza, subió a su moto y salió detrás de mí hacia donde estaba la yegua.
En un segundo cortó los alambres y ella quedó liberada. Me ayudó a darla vuelta. La agarramos de las patas y la giramos para que, al ponerse de pie, estuviera un poco más lejos del alambrado y no volviera a enredarse.
Estaba tan dolorida que no se movía.
Entonces pude observar de cerca sus heridas. Aunque eran profundas, comprendí que la situación no era tan grave como había imaginado al principio. Los alambres habían cortado el cuero de sus dos patas. Una se veía peor que la otra; de hecho, en una herida de poco más de diez centímetros se alcanzaba a ver el hueso blanquecino.
Mi vecino permaneció allí mientras yo la observaba y, al mismo tiempo, le decía:
—Bueno, al parecer no es tan grave como pensé. Tardará en sanar, pero estará bien. Muchas gracias por su ayuda, me salvó la vida, le salvó la vida.
A lo que él respondió:
—No, por favor, no es nada. Para eso estamos los vecinos.
Cuando se fue, yo me quedé con ella. La hice caminar despacio y la acaricié para que se le pasara el susto.
Temblaba de dolor. Deduzco que aquella herida, con el hueso expuesto, debía ser extremadamente dolorosa.
Supe entonces que tenía por delante una ardua tarea de curaciones, justo en pleno verano.
Así fue como comencé casi inmediatamente a curarla.
Fueron tres largos meses de recuperación, con momentos difíciles en el medio, hasta que por fin sanaron sus heridas y solo quedaron cicatrices donde antes hubo cortes profundos.
Aquella tarde agradecí tener a mi vecino a una distancia que le permitió llegar rápidamente y que, entre los dos, pudiéramos salvarle la vida a Ranchera.
Hoy, en esta madrugada, mientras miraba hacia su casa, volví a recordar aquella tarde en que él me ayudó.
Porque era quien estaba más cerca, más a mano, y como buen vecino, acudió en mi ayuda.