Integración
Esta es una breve crónica basada en mis vivencias en el día de ayer, durante el tercer Concurso Nacional de Equitación Adaptada, que se realizó en Trinidad, Flores. Fui convocada para ser jueza del concurso. En la fotografía, dando comienzo al desfile inaugural de las delegaciones, en primer plano La delegación local, del Centro de Equinoterapia Santa Bárbara, donde asiste desde hace muchos años Isabella, mi sobrina para sus sesiones de equinoterapia con Mariana y su equipo.
Paula Placeres
9/6/2026


Ayer tuve el agrado de participar como jueza en el Tercer Concurso Nacional de Equitación Adaptada, gracias a la invitación de Mariana, equino terapeuta a cargo del Centro de Equinoterapia Santa Bárbara.
Temprano en la mañana comenzaron a llegar delegaciones de distintos departamentos del país. Algunos llegaron con sus caballos; otros, con sus grupos de personas. Equino terapeutas, fisioterapeutas, fonoaudiólogos, terapeutas ocupacionales, psicólogos, participantes y sus familias fueron llenando poco a poco el lugar.
Para mí era la primera vez desempeñando la tarea de jueza y, debo reconocerlo, fue un desafío. Mariana, Francisco y los militares que estaban allí me fueron instruyendo acerca de cómo hacerlo.
En cada pasada participaban tres personas y nosotros debíamos otorgar oro, plata y bronce, evaluando a cada participante de acuerdo con su categoría, organizada según su nivel de autonomía y discapacidad.
¿Qué mirábamos los jueces?
El recorrido correcto sobre el trayecto marcado en la arena, que incluía un saludo inicial, distintos ejercicios diseñados y adaptados para cada categoría y, finalmente, un saludo de despedida.
Pero mientras observaba cada recorrido, comprendí que había mucho más que aquello que nosotros debíamos evaluar.
Me emocionó profundamente ver los logros de cada participante. Pude observar también la dedicación del grupo de terapeutas que hay detrás de cada alumno: la preparación previa, la motivación, los nervios, las indicaciones, el acompañamiento y ese orgullo enorme de ver que, finalmente, todo el esfuerzo se reflejaba en la pista.
La discapacidad nos pone de frente a una situación de vulnerabilidad de la persona, pero más allá de esa condición, cada logro que pueda alcanzar adquiere una dimensión enorme. Detrás de cada alumno hay empeño, esmero, y el trabajo de un equipo que pone todos sus conocimientos al servicio de esa persona. Y, del otro lado, hay también esfuerzo, dedicación, horas de preparación física y, muchas veces, un enorme trabajo psicológico.
Hay algo que también me quedó dando vueltas durante la jornada. El trabajo de cada uno de estos participantes ya es valioso por sí mismo. Cada vez que uno de ellos entra a la pista, detrás hay mucha preparación y, muchas veces, la superación de obstáculos que quizás para otros resulten invisibles. Por eso, de alguna manera, cada recorrido ya es un logro.
Pero entonces, ¿Para qué competir? ¿Para qué juzgar y entregar medallas?
Creo que justamente ahí está el valor de estas instancias. No se trata de decidir quién merece más o menos reconocimiento, sino de ofrecerles un desafío, una meta nueva que alcanzar, algo que los motive a seguir avanzando y superándose.
Porque cuando existe una meta, aparece también el deseo de prepararse para alcanzarla. Y cuando finalmente llega el reconocimiento, ese aplauso, esa medalla, esa sonrisa al terminar el recorrido, se transforma en una confirmación de todo lo que fueron capaces de hacer.
Ayer entendí que el verdadero sentido de juzgar no estaba solamente en determinar quién había realizado mejor un ejercicio. También estaba en ser parte de ese reconocimiento, en poner en valor sus logros y, de alguna manera, ayudar a que cada uno pudiera decirse a sí mismo: “Esto lo pude hacer. Y ahora puedo ir por un poco más”.
Sin embargo, ayer vi sonrisas más que cualquier otra cosa.
Vi a los participantes terminar sus recorridos y saludar al público, buscando ese reconocimiento que, cuando llegaba en forma de aplauso, hacía que sus caras se iluminaran.
Y volví a ver, una vez más, la nobleza de los caballos.
Me maravilla observar a esos binomios entrar a la pista. Porque ese momento que nosotros vemos durante unos minutos es el resultado de un arduo trabajo de preparación y de confianza construida entre ambos.
Ayer tuve el privilegio de estar del otro lado de la pista. Fui invitada a formar parte de esta experiencia y a reconocer los logros de otros desde un lugar de responsabilidad. Y eso me hizo sentir especialmente honrada.
Por primera vez fui jueza, pero también fui espectadora de algo mucho más grande que una competencia.
Me llevé la certeza de que, cuando existen oportunidades, acompañamiento y voluntad, los límites pueden transformarse en nuevos desafíos y cada pequeño avance puede convertirse en una enorme conquista.
Si tuviera que definir en pocas palabras lo que viví ayer, elegiría tres:
Integración, alegría y voluntad.