El reloj de péndulo

Paula Placeres

8/27/2026

La casa de mi abuela paterna en la ciudad fue mi casa durante un año. Yo tenía 12 años, estaba en segundo de liceo, de lunes a viernes nos quedábamos junto a mi hermana mayor en casa de nuestros abuelos.

Mis padres vivían a unos 20 kilómetros de la ciudad, entonces viajar todos los días se nos hacía difícil. Por esos días extrañaba el campo, pero me estaba gustando la ciudad.

Durante las noches recuerdo el sonido del reloj de péndulo que estaba en el comedor de la casa.

Su tic tac, a cada segundo, el golpe un poco más fuerte, clack, cada minuto, y cuando transcurría una hora sonaban tantas campanadas como indicaba la hora que era en ese momento.

Este se ha convertido en uno de los recuerdos sonoros más nítidos de mi adolescencia. No como un ruido, sino como un sonido, una compañía.

Durante el día parecía dormir, sus sonidos pasaban desapercibidos, con los ruidos propios de una casa en movimiento, y durante las noches, al llegar la quietud y el silencio, aparecían mágicamente otra vez.

La persiana baja, poca luz exterior y la compañía del reloj de péndulo.

Recuerdo que algunas veces no funcionaba y yo extrañaba su compañía.

Ayer, mientras escuchaba a una poeta hablar de un reloj y del tiempo, reapareció en mi memoria todo aquello que tenía guardado como imágenes sonoras.

A veces me parece que conocía tanto sus sonidos que podía medir el paso del tiempo sin mirarlo, con solo escuchar.

Era la confirmación de que durante esos días estaba en casa de mis abuelos, y ese sonido hacía que esa, su casa, me fuera tan familiar.

Aquel reloj no marcaba solamente el transcurso de las horas, marcaba, en quienes lo escuchábamos noche tras noche, un recuerdo sonoro que quedará para siempre grabado en nuestra memoria.

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